El síndrome del intestino irritable (también conocido como SII) es una afección mucho más común de lo que la gente cree. Suele confundirse con hinchazón, «dolor de barriga», episodios de estreñimiento o incluso con diarrea recurrente.
No es fácil de reconocer, pero afecta mucho a la calidad de vida de las personas que lo padecen, precisamente por los problemas intestinales que acarrea. Pero eso no es todo. Por si fuera poco, las personas con SII suelen presentar otras patologías asociadas que no tienen por qué afectar al intestino.
Es importante observar cada patología con perspectiva para tener una visión más amplia y sistémica que se centre no solo en el principal órgano afectado, sino en todo el cuerpo. Recuerda siempre que todos los órganos están conectados entre sí y forman parte de un único sistema: ¡nuestro organismo!
Teniendo esto en cuenta, también es más fácil saber cómo afrontar el SII si prestamos atención a todos los aspectos relativos a este síndrome.
Saber si se tiene SII puede ser difícil. Suele presentarse con hinchazón abdominal, una molesta sensación de malestar acompañada de estreñimiento, diarrea o una alternancia de ambos.
El síntoma que distingue el síndrome del intestino irritable de otros trastornos es el dolor, asociado a menudo a la evacuación.
Hay muchos factores que pueden desencadenar este problema, de hecho, se considera un trastorno multifactorial. Algunas de las principales causas son:
A pesar de que hay diferentes causas posibles, todas provocan un «daño» común: una mayor permeabilidad de la mucosa intestinal.
En caso de SII, la mucosa del intestino pierde capacidad para realizar su función de barrera, por lo que la atraviesan más sustancias, incluidas las no deseadas, y se produce un daño aún mayor.
El intestino se inflama, se vuelve hipersensible y acaba resintiéndose, provocando los síntomas típicos: hinchazón, dolor, diarrea y/o estreñimiento.
El SII está considerado un trastorno funcional, es decir, lo que está alterado es el funcionamiento del intestino, no su estructura anatómica. Es el trastorno gastrointestinal funcional más frecuente junto con la dispepsia (mala digestión).
En este caso, es el estómago el que no funciona correctamente, pero en ambos casos se resiente todo el aparato gastrointestinal.
Numerosos estudios científicos han demostrado que a menudo estos trastornos pueden presentarse al mismo tiempo. El SII puede aparecer en el 37 % de las personas con dispepsia y la probabilidad de solapamiento aumenta en los pacientes con síntomas graves.
En estos casos, se habla de síndrome de solapamiento. Si tienes problemas intestinales (tránsito lento, estreñimiento, diarrea o hinchazón), observa si notas una sensación de acidez o ardor a la altura del estómago o la impresión de no ser capaz de digerir y viceversa.
Reconocer el síndrome de solapamiento es importante para poder tratar ambas patologías de forma integral y adecuada, sin descuidar ningún aspecto.
La correlación entre dispepsia y SII no debería sorprendernos. Ambos son trastornos disfuncionales que afectan a todo el tracto digestivo: la mucosa que hemos mencionado antes, pero también la microbiota, la transmisión nerviosa y el eje intestino-cerebro.
Todo esto es una prueba más de la necesidad de observar las patologías desde un punto de vista más amplio. No solo debemos tratar el órgano afectado, sino también los órganos relacionados y todo nuestro cuerpo, adoptando una visión sistémica.
La dispepsia, que comúnmente se conoce como mala digestión o dificultad digestiva, puede ser en realidad de dos tipos:
La dispepsia es uno de los problemas relacionados con la acidez, del que también forma parte el reflujo gastroesofágico.
Las causas de la dispepsia pueden ser muy variadas:
Al igual que en el SII, en este caso el enfoque no debe limitarse a resolver los síntomas, sino que debe actuar sobre las causas del problema: corregir la alimentación y el estilo de vida en general es fundamental, pero en algunos casos puede no ser suficiente.
Como se trata de una afección sistémica, conviene adoptar un enfoque que también sea sistémico, algo que puede lograrse gracias a las sustancias naturales. En este caso, pueden ser útiles la malva y el malvavisco, con polisacáridos de acción protectora, pero también la alcachofa y el jengibre, que facilitan la digestión.
Además de los síntomas que afectan al aparato gastrointestinal, el SII puede causar efectos en otros órganos y aparatos, aunque a primera vista parezcan muy distantes y «sin relación» alguna con el intestino.
Algunos de los trastornos que pueden aparecer en caso de SII son:
En la mayoría de los casos, la correlación entre el SII y los tejidos, órganos o sistemas que sufren estos síntomas se debe a la implicación de la microbiota y el tejido MALT (un tejido especial del sistema inmunitario que está asociado a las mucosas).
La microbiota y el tejido MALT del intestino están alterados en el SII, pero se comunican con la microbiota y el tejido MALT de otros órganos, que pueden alterarse también y causar más trastornos.
Por ejemplo: la disbiosis intestinal (alteración de la microbiota) puede afectar a la microbiota vaginal, donde también provoca disbiosis y, por tanto, la aparición de candidiasis, una afección en la que uno de los microorganismos que componen la flora microbiota vaginal toma el control sobre el resto.
Lo mismo ocurre con el tejido MALT. Si el intestinal está afectado, el de la mucosa vaginal también puede estarlo y, por tanto, el sistema inmunitario sufrirá alteraciones en esa zona.
Algunos problemas psicológicos o físicos dependen del bienestar de nuestro intestino. ¡Un intestino sano favorece un cuerpo sano!
¿Cómo podemos cuidarlo y evitar los efectos sistémicos del SII?
Por desgracia, no es sencillo. No hay muchos remedios y, sobre todo, hay que dejar claro que no es una enfermedad que se pueda curar. Hay periodos de fase aguda, en la que los síntomas son también más intensos, y periodos de latencia incluso sin molestias.
La intervención habitual suele ser prescribir medicamentos que reducen los síntomas pero no resuelven el problema. Un papel importante lo desempeña la alimentación baja en FODMAP, que consiste en evitar algunas moléculas que pueden agravar los síntomas típicos al fermentar en el intestino.
Algunos de los alimentos a evitar son:
Un buen hábito también puede ser hacer periódicamente una semana de descanso intestinal.
Si no es suficiente, puedes recurrir a las sustancias naturales, especialmente las ricas en polisacáridos y polifenoles, que, a través de su acción protectora y antioxidante, reducen la inflamación, restauran la integridad de la mucosa y la devuelven a un estado saludable.