La diarrea es un trastorno intestinal muy molesto que consiste en la expulsión de heces líquidas o semilíquidas, acompañado de un aumento en el número de evacuaciones diarias; en concreto, se considera que hay diarrea cuando se producen al menos tres evacuaciones al día de heces blandas, acuosas o sin formar.
Tener episodios de diarrea es bastante frecuente en cualquier grupo de edad y los motivos pueden ser muy variados. Ahora bien, ¿cuándo debe empezar a preocuparnos este trastorno y cuál es la diferencia entre diarrea y disentería? ¡Vamos a verlo juntos!
Diarrea: causas y consejos
La diarrea es un mecanismo de defensa en el cual siempre tenemos de base una inflamación de la mucosa intestinal, que puede deberse a diferentes sustancias irritantes (por ejemplo, toxinas de microorganismos, fenómenos oxidativos, etc.); sus síntomas característicos son una consecuencia del daño que sufre la mucosa.
Las heces blandas se deben a una peristalsis intestinal excesiva, que provoca una absorción insuficiente de líquidos durante el tránsito de la masa fecal por los intestinos delgado y grueso.
En un periodo de veinticuatro horas, el intestino recibe un total de 8 a 10 litros de líquido en forma de alimentos y secreciones digestivas (secreciones salivares, biliares, gástricas y pancreáticas, entéricas), que en condiciones normales deberían reabsorberse casi por completo (en un 99 %), permitiendo la correcta formación de las heces.
Cuando se reduce la absorción de agua en el intestino o aumentan las secreciones, puede incrementarse el contenido de agua de las heces. ¿El resultado?: ¡diarrea! En condiciones normales, el contenido de agua de las heces es de unos 100 ml/día; si este contenido supera los 200 ml/día, y las heces son blandas o líquidas, estamos ante un episodio de diarrea.
En estos casos, el cuerpo pierde muchos líquidos, por lo que es muy importante hidratarse bien bebiendo mucha agua, pero también infusiones, purés de verduras y zumos.
No importa si la tratamos con un remedio «de la abuela», una solución natural o un fármaco: sea cual sea la terapia elegida, debemos acompañarla siempre de una correcta hidratación.
La deshidratación implica pérdida de agua y pérdida de electrolitos de la sangre, como sodio, potasio, magnesio, cloruro y bicarbonato. Los síntomas iniciales incluyen boca seca, orina escasa y de color oscuro y sensación de sed.
En casos de deshidratación grave, aparecen mareos, vértigo o aturdimiento (sobre todo al ponerse de pie), hipotensión grave y acidosis metabólica. En este último caso, hay que llamar inmediatamente a un médico o acudir a urgencias.
¿Qué diferencia hay entre diarrea y disentería?
El término diarrea suele utilizarse erróneamente como sinónimo de disentería, que es en realidad la forma más grave de diarrea y está acompañada por la presencia de mucosidad, sangre y pus, con evacuaciones a menudo dolorosas e incontrolables.
La disentería es siempre de origen infeccioso y puede contraerse al ingerir alimentos o agua contaminados o por el contacto directo con personas ya infectadas.
Tipos de diarrea
Según la duración, la diarrea puede clasificarse en:
aguda y ocasional, suele durar pocos días y en todo caso menos de 14;
persistente, cuando dura entre 14 y 29 días;
crónica, que dura 30 días o más.
La diarrea aguda suele resolverse espontáneamente en pocos días sin necesidad de seguir un tratamiento específico. Sin embargo, es recomendable consultar al médico si la diarrea es especialmente fuerte y si dura más de 2 días con dolor abdominal, fiebre alta, vómitos, taquicardia, presencia de sangre en las heces o signos evidentes de deshidratación.
Cuando la diarrea se vuelve recurrente o dura más de tres o cuatro semanas, se deben realizar análisis médicos exhaustivos para comprobar si se trata de una enfermedad inflamatoria intestinal, síndrome del intestino irritable (SII) o afecciones como la enfermedad celíaca. La diarrea crónica puede llegar a ser peligrosa, especialmente para los niños, los ancianos y las personas debilitadas.
¿A qué se debe la diarrea?
Las causas de la diarrea pueden ser muy variadas. La diarrea aguda en particular se debe normalmente a las siguientes causas:
virus, como el citomegalovirus, el rotavirus o el norovirus;
bacterias, como Campylobacter, Salmonella, Shigella, Clostridioides difficile y Escherichia coli;
parásitos, como Giardia lamblia, Entamoeba histolytica y Cryptosporidium;
intoxicación alimentaria, causada por alimentos contaminados con toxinas de origen microbiano, normalmente porque no se han utilizado técnicas de conservación adecuadas;
toma de medicamentos como antibióticos, estatinas, antiácidos que contienen magnesio, inhibidores de la bomba de protones (IBP), antiinflamatorios no esteroideos (AINE), medicamentos para enfermedades cardiovasculares (antiarrítmicos), análogos de las prostaglandinas, colchicina, hipoglucemiantes orales o antineoplásicos;
Un tipo muy común de diarrea aguda es la diarrea del viajero, una enteritis que puede afectar a las personas que viajan a países con higiene insuficiente y temperaturas elevadas, como América Latina, África, Oriente Medio y Asia.
En la mayoría de los casos, la bacteria responsable es Escherichia coli, mientras que las infecciones por Salmonella o Campylobacter son menos frecuentes.
Por otro lado, entre las causas más comunes de la diarrea crónica tenemos:
enfermedades inflamatorias intestinales como la enfermedad de Crohn, la rectocolitis ulcerosa o trastornos funcionales como el síndrome del intestino irritable (SII);
síndromes de mala absorción, como intolerancia a la lactosa o al gluten, enfermedad celíaca, insuficiencia pancreática exocrina o sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO);
hábitos dietéticos poco saludables, como alimentos demasiado grasos, fritos o muy ricos en fibra, alcohol, bebidas gaseosas, bebidas azucaradas y, en general, líquidos ricos en fructosa, sorbitol, manitol y edulcorantes de cualquier tipo;
estrés y/o estados de ansiedad. Los acontecimientos estresantes producen efectos en el eje intestino-cerebro: el estrés crónico y la ansiedad liberan corticotropina (CRH), una sustancia que coordina la respuesta física y conductual al estrés. Los niveles elevados de esta hormona se asocian a espasmos intestinales y diarrea;
ciclo menstrual, ya que durante la fase premenstrual y durante la regla se producen prostaglandinas, sustancias que pueden aumentar la motilidad intestinal provocando dolor abdominal y episodios de diarrea;
bypass o resecciones intestinales o gástricas: ya sea tras una gastrectomía o una resección intestinal, puede producirse diarrea considerable y mala absorción.
¿Qué medicamentos tomar para la diarrea?
Los fármacos más utilizados para la diarrea son a base de principios activos como:
la loperamida, perteneciente a la clase de medicamentos antidiarreicos y antipropulsivos, que bloquea la diarrea inhibiendo la motilidad intestinal;
el racecadotrilo, que actúa como antisecretor;
los medicamentos a base de principios activos antiespasmódicos, como la dicicloverina y la atropina, que reducen la intensidad de los espasmos intestinales.
A diferencia de los remedios naturales, los medicamentos pueden tener efectos indeseables que a veces pueden persistir incluso cuando el trastorno ya está resuelto, como es el caso del estreñimiento. Además, los antidiarreicos están contraindicados en los niños.
¿Por qué es mejor elegir métodos naturales contra la diarrea?
Teniendo en cuenta las consecuencias de la diarrea en la integridad de la mucosa del intestino, el estado de hidratación y, por supuesto, la calidad de vida, está claro que es fundamental intervenir de manera eficaz.
Sin embargo, al tratarse de un mecanismo de defensa del organismo, bloquearlo como se hace con los antidiarreicos no es precisamente la opción más adecuada. Más bien, lo que debemos hacer es intentar modular la diarrea cuidando del intestino y empezando por la mucosa. En este sentido, las sustancias naturales, que actúan sin anular la motilidad intestinal, pueden ser una opción útil: a través de mecanismos de protección específicos, alivian la irritación y la inflamación de la mucosa para favorecer su rápida recuperación funcional y conseguir así una reducción de los síntomas.
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